LIBERAR LA AUTO-EXPRESIÓN : Algunos textos…
Esta es una pequeña sección donde poder leer algún fragmento de los textos que salieron en el último taller de Escritura Salvaje para Liberar la Auto-expresión. Fueron tres días llenos de magia, transformación y liberación que dieron cabida a muchos cambios y a mucha creatividad en acción. Todo un privilegio.
BLANCO
Nada me preocupa, solo quiero fluir como agua en el arroyo.
Me dejó llevar, transpórtame donde quieras
Yo sé que al final estará el mar y me perderé en su inmensidad.
Y mientras bailo mis pies se deslizan
mis manos dibujan figuras amables
mi cuerpo se esboza en mil posturas no comunes
Me dejo,
llévame donde desees
prometo no moverme con mesura
ni con desgana
ni por agradar.
Llévame
anhelo ser ese animal que flota sin saber como
ni para cuánto.
Dame la inmortalidad de una canción
un viaje sin retorno
otro más con tu sonar
el último
el PRIMERO.
Fefo.
BLANCO
…y hasta aquí hemos llegado.
¡que si!, ¡que ya me cansé de vosotros! Hoy os pongo este punto y final que tanto me ha costado.
Ya sé.. que el misticismo de mamá me dirá que yo os elegí en otro plano. Y vuelvo a decir que ¡sí!, os elegí, porque tenía que caminar, ya lo andado y descubrir como lo que más te ama te destroza, te bloquea, te revienta y esparce tus trocitos lentamente con esa sonrisa pícara e indecente de ver hasta donde llegas para ser amada. Hasta dónde estás dispuesta a perderte y hasta dónde eres capaz de abandonarte.
¡Y si, os elegí! Para buscarme entre tus gritos, amenazas, insultos, manipulaciones y sin sabores. Mientras la energía de la fuerza masculina, observa impasible y sin hacer nada, un maltrato sostenido y protegido tras la máscara de una enfermedad mental.
¡Sí, ya lo sé papá!, mamá está enferma, quizás perdió el juicio el día que decidió ser madre, quizás el día que lo llegó a pensar, quién sabe..
Y a pronta edad lo entendí, que yo no era importante, que mi papel en este teatro me lo cambiaron, y me tocó ser madre, sin serlo, de una madre que quizás nunca quiso ser madre o no supo serlo, bajo la mirada de un padre que calla y sostiene la mierda que entra por la ventana, pero que no sale por ninguna puerta, porque no hay puertas en esta casa, solo muros de contención de mierda.
Asile Monch.
BLANCO
Quiénes somos nosotros para enseñar, para juzgar, para decir qué está bien y qué está mal.
Yo sé más que tú. Eso está mal. Haces lo que te da la gana. No tienes condiciones. Para hacer eso mejor no vengas.
Te digo hasta cómo tienes que respirar. Y al final aprendes a respirar sin mover una costilla. Y encima, sonríe.
Y después de tanto adiestramiento y tanta técnica, ahora quiero que improvises y seas creativo. Qué poca gracia tienes. No vas a llegar a ningún sitio.
Y aún así, sobreviven. Y la niña rubia, callada, que todo lo hacía bien, ahora baila desnuda en la calle. Y llora. Y grita. Y se desnuda por dentro y por fuera.
Qué bien que la vida se abre camino, qué bien que no nos hacen caso en todo.–
Anónimo.
BLANCO
Cuando era pequeña, mi padre nos ponía música en el salón a buen volumen y las tres hermanas bailábamos locamente. Sin más ataduras que las de la niñez, es decir, ningunas, hacíamos las piruetas y aspavientos más atentos mientras mi padre reía y nos animaba a bailar más y más libremente.
Durante el viaje de estudios a Mallorca, la última noche tocó discoteca. Pusieron a buen volumen las canciones del momento y salí a comerme la pista. Irene, que era una chica de modales adecuados y popular, quedó al parecer bastante impresionada por mis bailes fuera de toda moda o regla. Llegó a mirarme con ojos censuradores y espeto:
“¿Pero qué hace esa?”
Mi relación con el baile se interrumpió ahí, a los 13 o 14.
No he logrado bailar con alma y cuerpo de la mano en público desde entonces.
Siento un vértigo tremendo.
Se me engarrotan los músculos, me contraigo, me empequeñezco, pierdo el equilibrio, creo que me voy a caer…
De jovencita copiaba los pasos de baile de la que bailaba mejor en el grupo de al lado.
Nunca llegué a salir al centro de la pista, del círculo de bailantes a hacer mi solo de baile.
Vi “El marido de la peluquera” en el cine y me encantó cómo bailaba el protagonista.
Bailaba su baile interno, lo regalaba al ritmo de la música.
Con Omar ni puedo bailar cómoda y libre. Sola en casa también.
Ahora mi hija África, en su adolescencia, se avergüenza de mis bailes…
…si me hubiera visto bailar en aquel viaje de estudios…
Eva.
BLANCO
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BLANCO
Camino rodeada de gente, un flujo infinito de personas.
…en un movimiento que no acaba…
Parar, observar y aprender.
Algo mágico se abre paso en ese momento.
Mirarlas desde esa calma [calma que no suelo permitirme),
para a través de ellas,
acercarme un poquito más a mí.
Su brillo es mi brillo, su alegría me es familiar y su presencia abre paso a la mía.
Es tan fácil mirar…
…y cuánto cuesta sentir.
Como armónicos que se despiertan vibrantes en el sonido de una melodía,
que aguarda callada a la espera de ser escuchada.
…paciencia infinita…
…presencia de ser…
La comprensión de una madre que aguarda el momento,
para recibir en sus brazos a esa hija que vuelve.
Sin reproches, sin quejas y sabiendo que en esos ojos,
lo que yo miro mientras camino entre toda esa gente,
hay miedos que son míos, tristezas, secretos, heridas que sangran con la misma sangre que emana de mí.
…me veo en ti…
Camino rodeada de gente y siento lo extraordinario que es esto de VIVIR.
Asile Monch.
BLANCO
A veces siento que es por estos momentos que la vida vale las penas… Osea que las penas han valido también ya que sin ellas no habrían estos momentos.
Lucía CaMo.
