
Ayer, mientras mi amigo David me tomaba esta foto, sentí lo rígido que se me ponía el cuerpo bajo los pensamientos de lo difícil que es para mi verme en las fotos desde que tuves parálisis.
Lo incómodo que es que se inmortalice una imagen dónde se pueda ver algo horrible, desfigurado o feo (bajo mi punto de vista) de mi expresión.
No le dije nada. Pensé en decirlo y compartir así esa vulnerabilidad mía con ellos, mostrar la herida para oxigenarla. Pero no lo hice. A veces no me muestro vulnerable, no porque no pueda hacerlo, sino porque temo que se entienda como una petición de ser protegida de eso que me toca la herida.
Y no es que no me guste que me cuiden, pero es que a mí me ayuda que la vida me toque en crudo con lo que es. Y si confrontar una cámara me conecta con el deseo de llorar, sentirlo. Esto me permite verme. A veces siento que cuando hablo de mi dolor, el otro lo entiende como que tiene que cuidarme de ello. Y eso sí me duele. Porque siento que no hay espacio para ser doliente.
No era el caso con estos amigos pero no quise arriesgar.
Anyway, ayer decidí no exponer lo que sentía y hoy mi amigo me envió las fotos y veo en ellas una historia de una belleza que va más allá de la imagen. Y es que esto es lo que me regala una y otra vez ésta situación. Me obliga a transcender el gusto por lo formal, y a encontrarle la gracia a lo que se tuerce y expresa de manera incontrolable e inesperada.
Me obliga a ir más allá de la necesidad de protegerme con una buena fachada, aunque cueste mucho soltarla. Porque cuesta. Porque cuando eres tan sensible te da la sensación de que todo mata. Y vivir así se antoja infierno. Lo que pasa, es que cuando realmente me atrevo a abrirme en canal del pubis al cuello, aunque no sepa quién son, no hace falta.
Me queda camino para vivir desde ahí a diario. De momento doy gracias por vislumbrar que es por esa grieta que se sana.